
Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Insostenible
TIENE QUE LLOVER
A estas alturas de la película, una película de malos, estoy hecho un lío. Desde que surgiera la crisis económica-financiera que nos maltrata, allá por 2007 provocada por los créditos subprime, la situación no mejora sino que, paulatinamente y sin piedad, va a peor.
Y la sensación que tengo es que, al igual que yo, los rectores de la comunidad internacional están desorientados, no saben por dónde encaminar el rumbo de la economía mundial, por dónde encontrar un horizonte de esperanza que termine con la época de penuria que vivimos.
Como digo, las expectativas son más bien negras. Una crisis que se ha extendido a los profesionales, a las clases medias, a los trabajadores, a los funcionarios, a hombres y mujeres, a las personas mayores y a los jóvenes. Nadie está libre de sospecha, es decir, ninguna persona -de las normales me refiero, no de las grandes fortunas-, puede decir que la crisis no le esté, en mayor o menor medida, afectando. Sin embargo, en medio de este panorama oscuro, algunas cuestiones empiezan a estar claras.
En primer lugar, que la ambición de la economía neoliberal que nos gobierna no tiene límites. No importa que millones de personas de personas lo pasen mal, muy mal, con tal de que la cuenta de resultados de las grandes compañías, de los grandes bancos, siga siendo satisfactoria. Y eso a costa de desmontar el único patrimonio que posee la ciudadanía: un sistema que garantizaba, hasta ahora, un conjunto de servicios sociales básicos (sanidad, educación, prestaciones de desempleo, etc.). Las privatizaciones, los recortes, la eliminación de servicios quitan a los ciudadanos el único y auténtico bien que les pertenece. Los estados democráticos están haciendo una manifiesta renuncia a sus funciones, la política y la ideología han quedado subordinadas a las decisiones de los mercados y, así, las reducciones del gasto público marcan en exclusividad la orientación de las políticas públicas.
En segundo lugar, que, por primera vez desde hace más de un siglo, las nuevas generaciones tendrán en Europa un nivel de vida inferior al de sus progenitores. La ambición de los mercados no solo quiebra las bases de los estados democráticos o elimina las conquistas sociales de los trabajadores, sino que, como indica Ignacio Ramonet, "despoja de futuro a los jóvenes". El paro juvenil alcanza cifras que ponen los pelos de punta: en España superamos el 42%. ¿Qué futuro les queda a los jóvenes? ¿Qué futuro nos aguarda a todos si estamos ante una generación perdida?
Por último, parece claro que nadie va a concedernos ninguna dádiva. No queda otra, como están haciendo los jóvenes en España, en los países árabes, en Tel Aviv, en Londres, en Chile..., que salir a la calle. Los estallidos de indignación y de protesta no solo resultan normales, sino además necesarios. Porque el futuro no se regala: todo lo nuevo se conquista. Y para ello, los jóvenes son nuestra vanguardia. Hoy más que nunca, parafraseando a Daniel Viglietti, "se precisan niños para amanecer".
También te puede interesar
Lo último