In memoriam en la Caletilla de Rota

Homenaje póstumo a José Pedro Pérez-Llorca

El Ayuntamiento inmortaliza en mármol el legado de “uno de nuestros gaditanos más ilustres” con una placa descubierta en la fachada de la casa en la que nació

Momento del descubrimiento de la placa en la casa en la que nació José Pedro-Pérez LLorca
Momento del descubrimiento de la placa en la casa en la que nació José Pedro-Pérez LLorca / Julio González
Pedro Ingelmo

22 de noviembre 2019 - 19:55

Me contó en una ocasión José Pedro Pérez-Llorca que durante la acampada de la Puerta del Sol del 15-M, en el año 2011, no pudo evitar la curiosidad de acercarse por allí. “Claro, de los que allí estaban no me conocía nadie, por lo que podía pasear anónimamente”. ¿Qué era lo que quería ver ese hombre “melancólico”, como fue ayer definido, determinante en la historia de este país, protagonista del gran vuelco político hacia la España moderna como uno de los ponentes de la Constitución de 1978? "En la Puerta del Sol vi bullir ideas contradictorias, ansias de cambio, ingenuidad y utopía”, me dijo no sin cierta admiración a los que estaban convencidos de ser protagonistas de una primavera española.

“Quién te iba a decir, alcalde, que serías tú el que pondría la placa de mi marido”, le comentó en privado Carmen Zamora, la viuda de José Pedro Pérez-Llorca, a José María González, un alcalde de Cádiz nacido de aquel movimiento de la Puerta del Sol. Lo dijo Carmen con cariño porque, ya ante los micrófonos, una vez que se descubrió la placa que recuerda el lugar en el que nació y se crió nuestro padre de la Constitución, en Alameda Apodaca número 12, “el fin del mundo”, como él definía esos confines de Cádiz frente al mar, se deshizo en elogios con José María González, Kichi, e incluso se atrevió con un ¡viva el alcalde!

En esos viajes de ida y vuelta que da la historia, no era menor el del propio alcalde, que hizo el ritual de tirar de la cuerda que descubría el mármol de homenaje al lado de Javier Solana, varias veces ministro con Felipe González, también secretario general de la OTAN, y ahora ocupando el puesto que ocupó Pérez-Llorca al frente del Patronato del Museo del Prado. Si el alcalde hubiera estado en la plaza del Sol el día que Pérez Llorca acudió de incógnito, es posible que no supiera quién era ese hombre de caminar calmado y con mirada científica. Ocho años no sólo sabe quién es, sino que mantuvieron una fugaz amistad, la suficiente para que el alcalde recordara “que estamos aquí para cumplir la palabra dada al hombre que quisimos y al que añoramos y que aquí se le recuerda para la eternidad”. Una epopeya generacional.

La figura de Pérez-llorca se alarga más allá de partidismos o ideologías. También porque él abandonó muy pronto la política y, pese a ello, dejó una huella indeleble. Socialistas de la vieja guardia como Rafael Román tenían que estar ahí. Pero también el futuro el PP, como es Ana Mestre. Y, por supuesto, no hay contradicción en que un gobierno local de Podemos e Izquierda Unida envíe a cuatro de sus concejales a homenajear a un hombre que miraba la política como miraba al mar, divisando el horizonte.

El acto de descubrimiento de la placa, no una más de las muchas placas que hay en Cádiz, sino la placa de uno de “nuestros gaditanos más ilustres”, en palabras del alcalde, tuvo algo de lo poético que ofrece una tibia lluvia. En el portal de la casa familiar la mujer de Pérez-Llorca se mostraba entera y emocionada, con su hijo Pedro al lado, y acordándose de su hija, “que no ha podido venir por estar en Miami... y a mis queridísimos nietos”.

Fue una ceremonia casi íntima, breve y sentida. Entre las personas que rodeaban la casa señorial estaba el periodista Fernando Santiago, amigo de José Pedro Pérez-Llorca, y uno de los responsables intelectuales del homenaje. Siendo él tan mordaz con las placas que pueblan las fachadas del Cádiz antiguo, reconoce que él hubiera preferido que se hubiese puesto el nombre del constitucionalista a la plaza, pero eso generaba cierto debate, ya que Pérez-Llorca hubiera preferido que la plaza recuperara el nombre de su infancia, Caletilla de Rota. En sus últimos años, tras conocer mucho mundo y sentirse durante décadas un gaditano en Madrid, “un tío de provincias”, como él decía, Pérez-Llorca frecuentó cada vez más Cádiz. Volvía a recorrer los paseos de su niñez, de su casa en la Alameda al colegio San Felipe, el antiguo, el de intramuros y vuelta al lugar en el que nació, a la Alameda Apodaca, o, como él insistía, Caletilla de Rota. “Yo nací en Caletilla de Rota”. Allí tiene su placa.

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