El Festival, contra viento y marea

XXV Festival de Jerez | Balance

La muestra jerezana cierra la 25 edición, marcada por la pandemia, y con otro gran éxito artístico

El triunfo de grandes clásicos de la danza, uno de los puntos fuertes del 2021

Una imagen del espectáculo del Ballet Flamenco de Andalucía.
Una imagen del espectáculo del Ballet Flamenco de Andalucía. / Manuel Aranda
Fran Pereira

24 de mayo 2021 - 03:00

A pesar de los continuos contratiempos que ha provocado la pandemia, el Festival de Jerez ha finalizado su XXV edición solventando cada uno de ellos con destreza. Ni el cambio de fechas ni la falta de cursillistas, sin duda el corazón de esta cita anual, han evitado que la muestra haya cerrado con éxito el que ha sido uno de los años más difíciles.

Combatir todas las ausencias sin olvidar de la importancia de la efeméride, 25 años no se cumplen todos los días, era el principal reto de la organización, que un año más ha estado a la altura de las circunstancias con una programación ejemplar y que ha dejado el pabellón, dentro de lo que se está pasando, lo más alto posible.

La necesidad de los artistas por exponer sus inquietudes y sus trabajos después de un duro confinamiento y casi año y medio de abandono cultural por parte de las instituciones, ha hecho que esta 25 edición haya sido una de las más completas a nivel artístico debido a su variedad.

Si analizamos las propuestas por espacios podemos decir, por encima de todo, que en Villamarta hemos asistido al resurgir de los clásicos, nombres que en su día grabaron a fuego su arte en este Festival y que coincidiendo con el cuarto de siglo, han regresado de manera brillante.

En esa lista encontramos a Joaquín Grilo, que recuperó su mejor versión con ‘Alma’, demostrando que con constancia y asumiendo errores se pueden reconducir las cosas. El jerezano inmortalizó momentos que quedarán para la historia de este Festival, haciendo disfrutar al público con su baile como si no hubiesen pasado los años.

Igual podemos decir de Rocío Molina, siempre sugerente, pero que esta vez, con ‘Al fondo riela’, nos rebeló su lado más flamenco, ese que tanto gusta, y de una manera sencilla y elegante. En este grupo habría que incluir también a Eduardo Guerrero, que sin perder el estilo adquirido, ha vuelto a tocarnos la fibra; a Fuensanta La Moneta, que con ‘Frente al silencio’, nos mostró su lado más maduro, y por supuesto, a María Pagés, una profesional en constante búsqueda y que, también siguiendo un mismo patrón escénico y bailaor, nos encandiló una vez más. Quizás nos faltó algo más de Eva Yerbabuena, que no obstante, nos regaló una bulería por soleá impagable codo a codo con el gran Luis Moneo.

Pero si hay ha habido un clásico bien recibido en este 25 Festival, ese ha sido el maestro Antonio Márquez, que ha tenido que lidiar con la pandemia y los derechos de autor para poner en escena ‘Medea’, una verdadera obra de arte. El sevillano se reencontró con Villamarta tras siete años de ausencia, y lo hizo como si nunca se hubiera ido, con la misma fuerza y categoría de siempre.

Villamarta ha servido también para reafirmar que el Ballet Flamenco de Andalucía, ahora de la mano de Úrsula López, debe ser un referente de esta comunidad, y que cualquier inversión a su favor, nunca será un mal negocio. La bailaora demostró en Jerez que conoce mejor que nadie la historia del BFA y sus creadores, y a base de trabajo ha conseguido revitalizar una institución especialmente castigada en los últimos años.

Tampoco faltó a su cita David Coria, esta vez junto a David Lagos, para proponernos ¡Fandango!, donde pone de manifiesto, una vez más, su enorme inventiva y capacidad para desarrollar grandes montajes.

Jerez tampoco faltó a su cita, pues además de Joaquín Grilo, y ante la inesperada ausencia de Mercedes Ruiz (aunque sea por una buena noticia, su embarazo), María del Mar Moreno congregó en el teatro a un elenco netamente de la tierra donde cante y baile se dieron la mano.

Pero aquí no sólo cabe lo de siempre, sino que las propuestas más actuales también tienen su sitio, como demostró Ángel Rojas, con una creación acorde a las tendencias dancísticas que vivimos, Jesús Carmona, con ‘El Salto’, un montaje que puede tener su sitio en cualquier teatro del mundo, o Andrés Marín, que devolvió a Jerez su particular universo tras once años de ausencia.

Otros espacios

Aunque con una reducción del programa debido a la pandemia, el Festival ha seguido ofreciendo alternativas a Villamarta en la Sala Compañía y en un nuevo espacio los Museos de la Atalaya, todo un acierto y que con sólo algunos retoques, será a partir de ahora uno de los enclaves significativos de la muestra.

Por Compañía dejó huella José Manuel Álvarez (con ‘Cruces’), un bailaor al que pronto veremos en otros escenarios porque no sólo tiene cualidades sobre las tablas, sino que se maneja bien a la hora de crear ambientes en un espectáculo, y eso hoy por hoy cuenta y mucho.

Consolidado también está Andrés Peña, que con un formato más pequeño, llevó la bandera de Jerez a lo más alto gracias a ‘Campanas de Santiago...’, un espectáculo redondo y que nos devolvió a la escena a la maestra Angelita Gómez.

Pero si hablamos de Jerez, hay que hablar del salto cualitativo demostrado por las nuevas generaciones, esas que en esta edición han representado Tamara Tañé y Fernando Jiménez, cuyos montajes han respondido con creces dejando claro que el artista jerezano sigue creciendo a la par del Festival.

Antes de abandonar Compañía, habría que acordarse de Guadalupe Torres, muy correcta con ‘Los colores de Magdalena’, Alfredo Tejada, un cantaor sobrado de facultades y conocimiento, Mónica Iglesias y Juan Carlos Avecilla, que apuntan maneras, y sobre todo de Melchora Ortega, que por durante una hora consiguió abstraernos de todo lo que nos rodea con un montaje dinámico, musicalmente perfecto y hasta divertido, un ejemplo de lo que es como persona y artista.

La guitarra no faltó a esta 25 edición, primero con el último Grammy Latino, Antonio Rey, un artista situado en lo más alto del escalafón guitarrístico actual; y posteriormente con Antonia Jiménez, que no perdió la ocasión para exhibir talento en la composición y el acompañamiento.

Los Museos de la Atalaya, por su parte, han tenido de todo, desde la peculiaridad e ingenio de Ana Crismán y su arpa, una artista que ha abierto un camino infinito hacia otras disciplinas, hasta la maestría de Estévez y Paños, pasando por el buen cante de Jesús Méndez, José Valencia y Arcángel, tres colosos bien distintos pero con un punto en común: el talento.

Talento tiene y de sobra José Maldonado, otro de los jóvenes que muy pronto virarán hacia un escenario mayor, y Florencia O’Ryan, que nos deleitó junto a su hermana Isidora en ‘Antípodas’ avaladas por David Coria.

Varios técnicos, realizando su trabajo en los Museos de la Atalaya.
Varios técnicos, realizando su trabajo en los Museos de la Atalaya. / Manuel Aranda

LAS CLAVES

Los técnicos, sin ellos el festival no sería lo mismo

Como los artistas, han sufrido las consecuencias de la pandemia siendo especialmente perjudicados. Sin el trabajo de los técnicos, de sonido de iluminación o de escena, el Festival no sería lo mismo, por eso son una pieza fundamental para su buen desarrollo.

Objetivo: mejorar el futuro de la danza flamenca

Si por algo se ha caracterizado este XXV Festival, ha sido por emprender la carrera en favor de una mejora de la danza flamenca. Las jornadas de análisis, el estudio de la Asociación de Festivales Flamencos e incluso el Congreso Mundial del Flamenco del Instituto Cervantes han ayudado a ello.

Streaming y online, habrá que acostumbrarse a ellos

La XXV edición ha tenido también importantes novedades en lo técnico, pues por primera vez se han hecho cursos online y se ha apostado claramente por la retransmisión de espectáculos en streaming. Incluso las ruedas de prensa fueron también online.

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