Manuel Liñán, con el corazón en la mano

El bailaor granadino ha presentado con un espectacular elenco su ‘Muerta de amor’ en el Villamarta, una obra coral que despliega virtuosismo en cada detalle y que iguala o incluso supera en intensidad al ya celebrado ¡Viva!

Imágenes de Manuel Liñán & Compañia en el Festival de Jerez con su espectáculo 'Muerta de amor'

Imágenes de Manuel Liñán & Compañia en el Festival de Jerez con su espectáculo 'Muerta de amor'
Manuel Liñán en el Festival de Jerez. / Vanesa Lobo
Valeria Reyes Soto

02 de marzo 2025 - 04:20

El público rompe a aplaudir antes de comenzar el espectáculo, un buen preámbulo de lo que está por venir. Pocas veces sucede que antes de abrir el telón se respire en el ambiente esa emoción contenida que solo el teatro y el arte es capaz de suscitar. En la taquilla se acumula la gente para conseguir una última entrada que ya no queda, y es que el teatro tiene ganas de baile, tiene ganas de Manuel Liñán y los suyos. Y Manuel Liñán y su impecable compañía se entregan con devoción al Villamarta. Hasta me parece escuchar un ole al Gómez de Jerez, al que hace tiempo no oigo jalear. Entre el público, bailaores como Joaquín Grilo, Antonio Najarro o Fernando Jiménez, entre muchos otros, se suman a este júbilo.

Muerta de amor es una obra que cuenta con un elenco de una calidad artística pocas veces vista, y absolutamente todos tienen su espacio para desplegar unos recursos de altísimo nivel a través del baile, el cante y la música. Lo mejor de Muerta de amor es que el talento se manifiesta como un ente vivo que recorre cada parte de la escena. Lo mejor de Muerta de amor es que todos los artistas juegan usando sus cuerpos y sus voces, en una simbiosis sumamente coral de la que todos participan. Lo mejor de Muerta de amor es esa exploración del amor y las relaciones -por cierto, un tema poco tratado en el baile flamenco-, en el que asistimos a muchas fases del amor, desde la ilusión de los inicios al duelo pasando por la pasión, el dolor, la seducción, la amistad o la soledad. Muerta de amor a ratos parece un musical, de hecho los micrófonos forman también parte del espectáculo, dando continuamente altavoz a todo lo que sucede dentro y fuera de los cuerpos.

Manuel Liñán vuelve a desplegar todo su potencial creativo en esta propuesta con una dramaturgia perfectamente hilada, haciendo un repaso por una gran diversidad de estilos y músicas. En Muerta de amor presenciamos un elenco que brilla con luz propia. Juan Tomás de la Molía, Premio artista revelación 2024, demuestra que su baile va más allá de las bulerías a las que encumbró el pasado año. Aquí baila unas alegrías que despiertan entre el público un eufórico “¡Viva Trebujena!”, a lo que otra persona desde la punta opuesta del patio de butacas responde “¡y el mosto también!”, y es que definitivamente el soniquete y el compás que irradia Juan Tomás de la Molía son albarizas de las buenas. Miguel Ángel Heredia despliega su cante y su baile abrazando el final de unas bulerías de Liñán. José Ángel Capel hace una exhibición bellísima de flamenco y danza clásica al mismo tiempo que canta. La voz se entremezcla con su respiración y sus jadeos, y por un momento podemos escuchar a qué suena la danza por dentro.

David Acero otorga los registros folclóricos al espectáculo y Alberto Sellés se vuelve a mostrar, por segunda vez en este festival, como un bailaor-cantaor en pleno estado de gracia. Francisco Vinuesa, Premio a la mejor composición musical en 2024, vuelve a sorprender con una guitarra finísima; Javier Teruel pone la percusión. Juan de la María acompaña al cante, con una intensidad que cobra protagonismo en la recta final, y Mara Rey se convierte en una diva folclórica descomunal, con una potencia que recuerda a la gran Rocío Jurado. La obra regala momentos para el recuerdo, siendo uno de ellos el paso a dos entre Liñán y José Maldonado, unas sevillanas con una cinta rosa que los une, los ciega y los separa. Qué acierto la incorporación de Maldonado a este espectáculo, su sola presencia hace que el baile desprenda una chispa radiante de amor.

La obra repite a lo largo de todo su recorrido el sonido, emitido por los propios bailaores, de una inspiración y una expiración agitada, recordando al oxígeno que el amor nos da pero también a veces nos quita. Un mantra corporal y sonoro. Manuel Liñán y los suyos bailan envueltos en una escenografía rosa fucsia en contraste con el negro de sus ropas, con un repetorio variado que va desde las transparencias a los tirantes a la chaqueta de fantasía que viste Heredia. Liñán baila una soleá plena de sentido, con un cante que en su final por bulerías reivindica el amor con uno mismo y con su propia soledad. Muerta de amor termina al ritmo de rumbas celebrando el amor y la alegría. El público se entrega, el fenómeno fan se hace presente, los groupis de Liñán esta noche llegarán a su casa felices, tengan o no una compañía que los reciba.

Si ha llegado leyendo hasta aquí, sepa que esta crónica no ha podido contar ni una mínima parte de lo sucedido en el Villamarta, porque es imposible igualar con palabras lo expresado de forma magistral por una nómina de artistas de talento inabarcable. Por eso hay que ir al teatro. Por eso hay que vivir, y morir de amor si hace falta.

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