Felipe Ortuno M.

Barrabás

Desde la espadaña

02 de abril 2025 - 03:04

“por la solemnidad de aquel día se dejaba libre el preso que el pueblo escogiese. Y había entonces uno muy famoso que se llamaba Barabbas” (Mt 27, 15,16) El grito del pueblo no dice nada sobre Barrabás; en todo caso es contrapunto de una decisión irrevocable: el pueblo prefiere a un proscrito ante la ardua decisión de encontrarse con la verdad. La Verdad duele infinitamente más. Barrabás es sólo paradigma de nuestras extraviadas elecciones. Pilato en un intento de misericordia jurídica propone soltar al delincuente con el claro propósito de liberar al inocente. Pero la multitud es maleable, camina por los senderos que trazan los astutos manipuladores ¿Decide el pueblo? Así consta ¡queremos que sueltes a Barrabás!, haciendo que, como en tantas ocasiones, sea el inocente el que aparezca como culpable.

Es la inversión de los valores, como ocurre ahora, en que las víctimas parecen ser las culpables, mientras los homicidas son los negociadores de la convivencia pacífica ¿Acaso no es esto mismo lo que estamos viviendo con los etarras sentados en las más altas instituciones del estado mientras las justas reivindicaciones de las familias de los asesinados son consideradas fachas y contrarias a la democracia?

Preferimos a Barrabás, al homicida antes que al justo. Jesús es condenado porque el pueblo grita, no por una razón siquiera aceptable, ni interesa el motivo. El pueblo grita. Ese es el argumento. Explica la etimología (tan luminosa siempre) que el verdadero nombre del homicida era ‘Yeshua Bar Abba’: Jesús, hijo del Padre. Lo que significa que tenía el mismo nombre que el Mesías. Dos caras de la misma moneda; dos hombres frente a frente; luz y tiniebla cara a cara; la belleza desfigurada por los azotes y el asesino fuerte y robusto como si nada fuera con él; el Hijo del Hombre hecho una piltrafa yuxtapuesto al arrollador aspecto de su contrincante; verdad y mentira con las ropas intercambiadas expuestos al escaparate de las apariencias. Quizá porque la verdad ya sólo sea objeto de cambalache político. Así lo entendió Pilato.

Da en qué pensar. Es verdad que no hay nada en el Nuevo Testamento que nos diga nada sobre Barrabás. Sólo esa escueta nota que nos hace especular a cerca de un hombre díscolo. Nada más. A ninguna fuente tradicional cristiana le interesa el personaje. Sólo leyendas posteriores sostienen una posible conversión. En cualquier caso, fue el hombre presentado junto al Ecce Homo ¿No es bastante? Que hubiese cometido un delito, o fuera revolucionario, o hubiera intentado asaltar el mismísimo palacio de Herodes, nada quita al hecho inconmensurable de haber tenido enfrente al mismo Hijo de Dios ¿No fue Jesús también un revolucionario, un perturbador de las leyes de su tiempo, un zelote nazareo para la consideración de algunos de sus seguidores? ¿Acaso no fue el Cristo un asaltador del Templo y un luchador contra la esclavitud al mejor estilo de Espartaco? ¿Qué diferencia había entre aquel Jesús y este Barrabás? El uno por el otro ¡qué más da!

Dos hombres en el filo del suplicio, dos visiones distintas de un mismo odio, el de un pueblo engañado que no sabe dónde va. Pero este hombre, el pérfido revolucionario acusado de homicidio, el justiciero zelote asaltador de caminos, el bandolero nacionalista dispuesto a luchar contra el Imperio recibe en algún momento del proceso la circular y cautivadora mirada del Maestro. Sus ojos se entrecruzaron entre el odio y la misericordia, entre la acusación injusta y el corazón amansado, entre el rechinar de dientes y la pureza de corazón. Dos miradas incandescentes, dos caminos contrapuestos y una sola acusación.

En aquella hora compartida que entrecruza dos caminos, inhalando el mismo aire, Barrabás pudo sentir los ojos de un ser excepcional, el fuego interior que hirió la prepotencia de los malvados, la irresistible llama que prendería al mundo con una guerra interior inconmensurable. Y él estaba allí, en el mismo suplicio, sujeto al cambalache de la injusticia. El, que merecía ser condenado, rescatado ahora por el deseo de una masa informe, que se denomina pueblo. Que sigue siendo vulgo en el borde de todos los precipicios de la historia.

Barrabás y Cristo puestos en el estrado de la acusación cada día ante las autoridades y la plebe de todos los tiempos. La novela de Pär Lagerkvist, Premio Nobel de Literatura en 1951, llevada al cine y protagonizada por Anthony Quinn como Barrabás, bien podría disponernos a entender mejor las contradicciones de este personaje simbólico -real o imaginario- con el que poder aclarar el misterio de haberse encontrado, por la fuerza del destino, con el mismo Dios. Sintió la mirada del Señor y aquellos ojos trasformaron su vida, se incrustaron en él de tal modo que le llevaron a mirar la ejecución de quien le miraba.

Quiero creer que después de liberado fue a ver cómo hubiera sido la suya. Y volvería a sentir la mirada en el suplicio. Allí pudo contrastar su libertad con la muerte que le esperaba ¿Siguió después sus pasos? Barrabás es la paradoja viviente del que, como cualquiera de nosotros, se encuentra con la verdad. Ahí te quiero ver, entre la verdad y la injusticia, entre la decisión de ser libre y sincero o esclavo de quien dice liberarte, entre ser tu mismo o venderte a la política hipócrita de quien trueca la verdad por sumisión.

Ahí estábamos todos, culpables e inocentes, expuestos a la decisión de un pueblo que prefiere la manipulación de los líderes al compromiso de reconocer la verdad que nos hace libres. Y ahí seguimos, frente a una justicia depravada por la conveniencia política que ha renunciado a la valentía de optar por lo auténtico ¿Vuelve el inocente a tomar el lugar del culpable? ¿A quién queremos soltar? Un viejo cambalache que se clava en el corazón de la historia: ¡Queremos que nos sueltes a Barrabás!

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