
Envío
Rafael Sánchez Saus
Rebeldes en el instituto
Jerez íntimo
En la obra ‘La del alba sería’ se nos recomienda -al margen de aventuras estelares- pensar, soñar y volar como equivalencias de un vivir polivalente. El temperamento y la voluntad edifican la identidad personal -cuya singladura a menudo lucha contra el zaquizamí del factor suerte-. He mencionado el determinismo del “vivir polivalente”, sin rémoras atemporales, que a su vez (me) recuerda la máxima de Jung: una vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir. En esta asociación de ideas anduve cavilando mientras, feliz, disfrutaba del desarrollo del Pleno Extraordinario de nuestro Ayuntamiento que, al abrigo del histórico marco de los Claustros de Santo Domingo, coronaba al gran Emilio Morenatti -ese ciudadano del mundo que supo labrarse un presente, sin deudos ni deudas, con el sudor de su frente- como Hijo Adoptivo de Jerez. De nuevo el talento y la humildad se dan la mano en una persona excepcional. Tanto la alcaldesa María José García-Pelayo como la presidenta de la Asociación de la Prensa de Jerez Roxana Sáez definieron con exactitud la calidad y la trascendencia del trabajo de Morenatti tal fotoperiodista siempre al pie del cañón, junto a la onerosa guerrilla de los conflictos internacionales, sobre el barro del garrotazo y tentetieso de la contienda bélica, al ritmo de las tragedias y las hazañas de la Humanidad. El peligro siempre aupado a borricate sobre las espaldas de la cotidianidad.
No sé por qué indescifrable regla de tres enseguida relacioné el pulso y la profesionalidad de Emilio -él y sus orteguianas circunstancias- con las características formales y el acento literario de la generación del 27. Comencé a enlazar concomitancias y asertos. Vasos comunicantes entre la vida y obra de nuestro laureado fotógrafo y las constantes grupales y estilísticas de los poetas que, por mor del surrealismo y merced al don de la metáfora, marcaron época. Emilio ejerce una profesión en cierta manera “individualista”, como del individualismo partió la generación del 27. Estos escritores insignes, de otro lado, crearon afinidades electivas con el resto de los compañeros del oficio, como así Morenatti con todos sus colegas, y tal que así además se puso de manifiesto según el auditorio del Pleno Extraordinario. Y todos, los poetas y los fotógrafos, fueron/son miembros del sector común que constituye la simiente de una misma realidad: el arte. A tal fin depositan y ofrecen la voluntad de ser, la aspiración del ser, y sus ímprobos esfuerzos por conseguirlo. Las afinidades electivas -en los integrantes del mítico grupo poético y en Morenatti y sus iguales- componen y comportan todo un entramado cohesivo -riguroso y racional-. Las excelentes relaciones personales entre ellos -los líricos de entonces y fotoperiodistas de ahora-, de hecho, propician que a su vez puedan reconocerse como la generación de la amistad. Ese bienquisto “espíritu de clan” del que habla Guillermo de la Torre.
Todos realizan, en efecto, una sistemática labor de exploración. Como se ha señalado por activa y por pasiva, ninguno de los poetas del 27 manifestó jamás interés alguno por desempeñar el papel de líder. Quienes bien conocen de cerca la labor callada, constante y apenas sonante de la quinta de profesionales -cámara en ristre y velocidad de correcaminos en pos de la noticia y su plasmación gráfica- de Emilio Morenatti y sus compañeros asumen que jamás el deseo de epatar fue moneda común. Existe en ellos como un reclutado comportamiento unánime, como una espontánea sincronización. Y un supremo fin insoslayable: la llamada a la conciencia social, verso a verso, foto a foto. En la envergadura humana de Morenatti confluyen magia y poesía. “La gran persona que eres”, en palabras de la alcaldesa. Yo veo a Morenatti en la antítesis del ángel que versificara Rafael Alberti: “Ese ángel,/ ese que niega el limbo de su fotografía/ y hace pájaro muerto/ su mano./ Ese ángel que teme que le pidan las alas,/ que le besen el pico,/ seriamente/ sin contrato”. Yo descubro a Morenatti y su sentido itinerante, de acá para allá, en el latido de Vicente Aleixandre “Vinieras y te fueras dulcemente,/ de otro camino/ a otro camino. Verte,/ y ya otra vez no verte./ Pasar por un puente a otro puente./ -El pie breve,/ la luz vencida alegre-”.
¿Cómo es, cómo era, cómo será la cámara de Morenatti? Era/es acceso, ingravidez, eslabón, imagen. Nos lo dice Dámaso Alonso: “La puerta, franca./ Vino queda y suena./ Ni materia ni espíritu. Traía/ un aligera inclinación de nave/ y una luz matinal de claro día./ No era de ritmo, no era de armonía/ ni de color. El corazón lo sabe,/ pero decir cómo era no podría/ porque no es forma, ni en la forma cabe”. Y Morenatti, llorando por su padre en los versos de Manuel Altolaguirre: “Mi caminar por el tiempo/ tan sólo tiene un descanso/ en el año de tu muerte/ -isla de luto y de llanto-”. Y Morenatti y su nostalgia por Andalucía en Luis Cernuda: “Quisiera estar solo en el Sur”. Y el Morenatti párvulo en Gerardo Diego: “Los días niños cantan en mi ventana”. Y en Lorca: “Un bello niño de junco,/ anchos hombros, fino talle,/ piel de nocturna manzana,/ boca triste y ojos grandes,/ nervio de plata caliente,/ ronda la desierta calle”. Morenatti y sus fotografías: poesía, virtud, instrumento de paz…
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