
Envío
Rafael Sánchez Saus
Rebeldes en el instituto
Jerez íntimo
La intención tiene cejas castañas y retinas de un nuevo sacramento. La del cofrade estriba en el carpe diem. Nunca como ahora las calles del alma “hablarán hondo y claro”, tal escribiera Manuel Chaves Nogales según su fino artículo publicado en el Heraldo de Madrid el 10 de abril de 1922. Por cierto: digresión: mi amigo y hermano en la Virgen de Loreto y en las cofradieras experiencias sevillanas de cada Lunes Santo Carlos Gavira guarda un inexcusable parecido físico con este periodista sevillano que supo combatir el cainismo guerracivilista con la ponderación -nunca a sangre y fuego- de una estilográfica cuajada de descripción y reporterismo a un tiro de piedra de las trincheras. Regresemos -como la flor a la liturgia- a estos prefacios del tiempo de cofradías, donde la indiferencia es subversiva -y opera en balde- ante la tradición -que viste alba blanca – de una Cuaresma cuyo epígrafe de nuevo relativiza la aritmética de toda novelería. Las noches de Jerez se horizontalizan en el microcosmos de las casas de Hermandad repobladas de ambientación y pujanza de vísperas. Ahora ninguna tertulia es de mentirijillas. La noche se entronca con la madrugada sin vulnerar la estabilidad del ánimo. En los prolegómenos -¡esa palabra tan del recordado Pepe Pérez Raposo!- de la Semana Santa no se peca por exceso. Abusus non tollit usum. ¿Verdad que no, Paco Antonio García Romero, padre y padrino de una boda para quitarse el sombrero y no precisamente de copa? Guapísima -como ella es a nativitate- Irene. El paso del tiempo nada diezma, aunque sí recluta a ojos vistas el crecimiento de nuestros hijos. Del tempus fugit y de su medida a contrarreloj saben mucho los cofrades y no sólo los clásicos. El latín -y su proferidas y preferidas enseñanzas- debería usarse como manual de estilo para quienes -sin caer en el sentimentalismo de cartón piedra ni en la viscosa mansedumbre de lo previsible- llevan y conllevan a su cargo -¡y a su recaudo!- la dirección de las hermandades.
Este pasado viernes me colé nunca de rondón en la sede social de la Hermandad de Loreto. Los cofrades jerezanos de cuerpo entero bien conocen que Loreto posee -mínimo- cuatro casas: la de Nazaret que entraña su Sagrada Titular, la canónica en la iglesia de San Pedro, la de Hermandad de toda la vida sita en el edificio parroquial y la dicha sede social justamente donde in illo tempore encontró domicilio el legendario bar -que es nostálgica sangre de mi sangre y hueso gastronómico de mis huesos- ‘La salve’: pongamos que hablamos de mediados y finales de los años 70 y principios de los 80-. ‘La salve’ merece -¡todo se andará!- artículo monográfico aparte. Los lauretanos de larga data también defendemos a ultranza -y sin asomo al equívoco- que durante una memorable época la Hermandad asimismo tuvo dos consultivas casas oficiosas: las oficinas de Miguel Puyol (entonces hermano mayor) en Alameda Cristina y la de Antonio Berro Flores -q. s. s. g. g.- (tesorero y teniente hermano mayor y hermano mayor) en la calle Armas.
¡Menudo ambientazo, el viernes, y menuda ambientación de cofrades lauretanos y de otras cofradías, sobre todo Clemencia y Santo Crucifijo de la Salud! Asistí invitado -tampoco ex profeso- en calidad de hermano -léase también veterano- de la corporación. La profunda, profusa y jonda conversación no se hizo esperar. Fueron cayendo a la par, sucesivamente, los montaditos -con crecimiento de medio bocadillo- de tortillas de patatas -acompañados de la mayonesa que siempre te sirve, atento, Carlos Amarillo-, los de anchoas para chuparse los dedos y, a petición de los niños, las pizzas varias. ¡Enhorabuena a Antoñito Berro Narbona por su quehacer! Como diría Camilo José Cela, el mundo sigue dando vueltas sobre su eje: sin embargo también la vida riza el rizo de la filosofal teoría del eterno retorno: los niveles de confluencia y de convergencia no se atienen a razones de física cuántica. Todo es cíclico, todo es de color -Lole dixit-, todo permanece y dura -como lo fugitivo en el poema de Quevedo- y todo regresa, como en el acento poético de Juan Ramón Jiménez y como en el título de la canción de Lasso. Cuando mi hijo Marquito me pedía tortilla y pizza el viernes, mientras jugaba con otros niños de la Hermandad, no pude por menos que retrotraerme a mi niñez, contando su misma edad, y hacía tres cuartos de lo propio con el autor de mis días en solicitud de la mítica ensaladilla y el jugoso pez de espada empanado de Julio y Antonio. ¡Tan lejos, tan cerca!, que exclamaría Adolfo Marsillach.
Disfrutamos de una noche de Cuaresma de las que crean afición. Las confesiones a flor de piel. Y la sabiduría de cada cual, sin contraprestación de servicios. ¿Verdad que sí, Mauricio coleccionista de carteles que se cuentan por unidades de millar? La Hermandad de Loreto presentaba su anual cartel fotográfico y el nuevo diseño de la papeleta de sitio, firmados respectivamente por David Ramírez Vega -de esposa e hija de morada túnica nazarena- e Ignacio Rangel. El discurso a medias escrito e improvisado de David fue antológico. ¡Para enmarcar la sincera y confesa doctrina cristiana de cuanto expuso! El resto de la velada, hasta la madrugada, copa y gozo. Charla y franqueza. Y, de fondo, sobre la proyección del magisterio, el vídeo del Cristo del Museo pasando por la Plaza de Molviedro
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