Alberto Núñez Seoane

... Reflexionar...

Tierra de nadie

31 de marzo 2025 - 05:50

Si, como recomendaba Horacio, nos hemos atrevido a saber, y como recordaba Kant, hemos sido valientes para dedicarnos a pensar, habremos iniciado el camino del conocimiento. Pensando, como hemos referido en las dos entregas anteriores, hemos llegado a la meditación, al pensamiento sereno, intenso e íntimo que, mediante la razón, nos abre las puertas a la reflexión, entendiendo ésta en su acepción de ordenar los conocimientos adquiridos por medio de la sensibilidad -los sentidos- y el entendimiento.

De poco sirve pensar y meditar luego, si no alcanzamos después la reflexión. La razón práctica nos permite conocer, adquirir conocimientos nos concede la posibilidad de saber, pero saber no es sólo conocer, pues la sabiduría no consiste, únicamente, en el mero almacenamiento de información, que es imprescindible para acercarnos a ella, sí, pero no suficiente. Es necesario pues organizar los conocimientos adquiridos para darles el obligado sentido, con el que ha de contar de modo que, por medio de la razón, seamos capaces de interpretar lo que hemos incorporado a nuestro conocimiento; cuanto más amplio, consistente y profundo sea éste, mayor podrá ser el trozo de sabiduría al que podamos aspirar, pero sin olvidar que antes de lograrla, tenemos que hacer uso de lo que conocemos, y para que esto pueda ocurrir hemos de, primero, poseer conocimientos, y después haberlos estructurado de manera que podamos avanzar, ladrillo a ladrillo -conocimiento a conocimiento- en la construcción del inabarcable edificio del saber. Pongamos un ejemplo: si sabemos lo que es un gato y sabemos también lo que es un ratón, pero ignoramos la condición de felino que determina al gato y empuja su instinto a cazar ratones para alimentarse y no morir, tendríamos conciencia del gato y del roedor, sin embargo poco nos habríamos aproximado a la sabiduría, pues el ratón y el gato formarían parte de nuestro conocimiento como meros objetos, o seres vivos -en este caso daría igual-, aportando a nuestro saber únicamente el conocimiento de su existencia y nada más; nos quedaría por saber por qué el gato persigue al ratón, para qué lo hace, por qué el ratón sabe que el gato supone un peligro para él, cuál es la causa primera que influye en el comportamiento de uno respecto al otro y las consecuencias que ésta tiene en el comportamiento de ambos; es decir, nos quedaría por saber casi todo.

Sin embargo, si utilizamos la reflexión, posibilidad consustancial a los seres dotados de inteligencia, y que sepamos somos los humanos los únicos con capacidad de poseerla -a pesar de que no en todos nosotros la inteligencia esté presente, ni tampoco, en los que lo está, sale siempre triunfadora, ni mucho menos, en su despiadada lucha contra la soberana estupidez que nos determina-, podemos lograr la capacidad para colocar las piezas sobre el tablero, de modo que en el siguiente paso, que sería el decidir, contemos con la opción de ejercer la libertad inherente a nuestra condición.

Cuando ordenamos un conjunto de ideas, que nos es propio, buscamos dar sentido a lo que ha surgido en nuestra mente; si lo hacemos con los conocimientos que vamos adquiriendo, lo haremos con la intención de dar forma al saber que esos conocimientos, incorporados a nuestra consciencia, nos pueden proporcionar. De la misma manera que no podríamos aprender nada si careciésemos de una cierta capacidad retentiva, es decir, de memoria; tampoco podremos subir los peldaños del saber si no comenzamos por incorporar conocimientos, ordenándolos después para darles sentido y y clasificándolos en conformidad con el fin para el que nos hayamos propuesto su adquisición, sea éste cualquiera que sea.

Los conocimientos, al igual que todo lo que forma parte de nuestro mundo, fluyen; no permanecen estancados aguardando, en algún rincón de la cada vez más lejana memoria, a que los llamemos para hacer uso de ellos. La disposición, aleatoria hasta el momento de la reflexión, que adoptan no es la misma hoy de la que será mañana, por eso no es igual pensar, meditar y reflexionar el lunes que hacerlo el martes; pues aun siendo los mismos los conocimientos adquiridos, el permanente cambio de las circunstancias que nos condicionan, obliga a que la perspectiva interior desde la que los contemplamos también cambie, y con ella la idea, la opinión y hasta el concepto mismo que nos merezcan; en consecuencia el producto que saldrá manufacturado desde la reflexión camino de la decisión, será diferente según el momento en el que nos hayamos decidido a poner en práctica ésta última; ni mejor ni peor, distinto sí, y en cualquier caso inamovible. (Continúa)

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